Sitio Académico de Miguel Garcés - COMUNICACION FAMILIAR

LA COMUNICACIÓN FAMILIAR EN ASENTAMIENTOS HUMANOS DE MONTERÍA - CÓRDOBA

Miguel Garcés Prettel * y Jorge Enrique Palacio Sañudo **

 

Resumen

En esta investigación se describen las características de la comunicación que se forjan al interior de familias que habitan en barrios subnormales de la ciudad de Montería, departamento de Córdoba - Colombia. Se utilizó un diseño descriptivo en una población de más de 400 familias ubicadas en cuatro asentamientos subnormales ubicados alrededor de la ciudad. Se tomó una muestra intencional de 300 familias de esos asentamientos, que a la vez, son beneficiarios de una organización internacional que trabaja con personas desplazadas por la violencia o en riesgo social. En cada familia se aplicaron dos instrumentos, uno sobre datos demográficos dirigido a padres de familia y otro sobre comunicación familiar (ECF) dirigido a menores de edad y adolescentes entre los 12-15 años donde se preguntaba sobre los niveles de comunicación familiar. Dentro de los hallazgos más importantes se observó que las familias nucleares mostraron mejores niveles de comunicación y de relaciones que las mono parentales y extensas. Sin embargo, independientemente del tipo de familia se identifica a la figura materna como aquella que representa mejor la comunicación afectiva y reguladora con los hijos. También se encontró que la separación de los padres, el maltrato psicológico y físico,  la crisis económica y el consumo de drogas (en especial el abuso de alcohol) aparecen como los principales obstaculizadores para el desarrollo funcional de la comunicación y las relaciones en las familias de estos sectores.

 

Palabras claves: familia, comunicación familiar, relaciones parentales, asentamientos subnormales, Montería.

 

* Miguel Garcés Prettel, Magister en Comunicación, docente Universidad Tecnológica de Bolívar, investigador del grupo GESH de la facultad de ciencias sociales y humanas UTB. Email: mgarces@unitecnologica.edu.co

 

** Jorge Enrique Palacio Sañudo, Doctor en Psicología, Universidad de Paris X. Coordinador del Doctorado en Psicología, Universidad del Norte. Investigador del GIDHUM. Email: jpalacio@uninorte.edu.co

 

INTRODUCCIÓN

 

La familia es considerada como un sistema importante para el desarrollo integral de las personas a nivel individual y social. A nivel individual, posibilita la satisfacción de necesidades básicas tanto biológicas como psico-afectivas. En lo social, moldea las primeras bases de la personalidad e identidad del individuo las cuales siguen evolucionando a medida que entra en un proceso de socialización con otros individuos. Su potencial para la formación del individuo y la sociedad se ve disminuido en contextos de extrema pobreza, tal como se observa en la mayoría de los barrios pobres que rodean las ciudades de Colombia, y en particular en la Costa Norte para los barrios que se encuentran en la ciudad de Montería. La comunicación familiar es uno de los primeros aspectos que se ve afectado en situaciones difíciles por los conflictos que surgen, y es uno de los factores protectores más importantes con los que cuentan los padres en la relación con sus hijos, ya que por medio de la comunicación diferentes problemas y conflictos pueden resolverse o manejarse de una manera constructiva y generar mayor confianza y cohesión entre los miembros. Sin embargo este aspecto muchas veces se deja de lado y no se aprecia la manera en la que afecta los resultados de diversos procesos de intervención social por parte de ONG´s que intentan apoyar el desarrollo comunitario

 

Montería, capital del departamento de Córdoba cuenta con 381.525 habitantes, según el último censo del 2005, distribuidos en 288.192 habitantes en el área urbana y 93.333 en el área rural; Castro (2003) en su intento por analizar los procesos de cambio y crecimiento de la ciudad, se han atrevido a señalar que Montería ha sido envestida de dos momentos claves en la historia: Un primer auge, que se da con el ascenso a la categoría de Capital de uno de los departamentos más fértiles de Colombia, propiciando una gran explosión social, económica y cultural que readecuó la ciudad buscando ponerse al nivel de lo que implicaba ser capital; el segundo auge, abarca los cincos decenios siguientes en los cuales la ciudad empieza un proceso acelerado de urbanización, destacándose obras importantes, entre las cuales sobresalen: la construcción de diversas escuelas de formación básica primaria, la vía hacia el alto Sinú, el puente sobre el río Sinú (1956) que unió a las dos Monterías (la de la margen izquierda con la de la derecha), la creación de los primeros centros de educación superior, entre los que se destacan la Universidad de Córdoba (1962) y la Universidad del Sinú (1974), la creación del Aeropuerto los “Garzones” (1970-1974), la construcción del parque de la Avenida Primera (2003) y el puente Segundo Bicentenario (2006), entre otras obras importantes. La ciudad ha sido cuna de figuras famosas en el deporte colombiano como Miguel Happy Lora y epicentro de movilizaciones sociales importantes entre las que se destacan: las acciones realizadas por la Sociedad de Obreros y Artesanos (1918) y la Sociedad de Obreras Redención de la Mujer (que aportó en 1919 en las primeras bases del movimiento feminista en Colombia), quienes trabajaron por eliminar la matricula, la eliminación de toda forma de maltrato y abuso por parte de los patrones, el reconocimiento a la dignidad de la mujer como sujeto social de derechos y la eliminación del machismo y de toda expresión antisocial que amenace la integridad y el valor de la mujer (Fals Borda, 1986).

 

Pero también la considerada “capital ganadera” de Colombia, ha sido fuertemente golpeada por el conflicto armado que vive el país hace varias décadas. Negrete (2003) asegura que las familias de Montería y de todo el departamento de Córdoba, vivían tranquilas y pacíficamente, hasta que en 1949 la violencia bipartidista perturbó la paz, viniendo la violencia de los terratenientes en el Alto San Jorge (1959-1964), la violencia de izquierda que empezó en el Alto Sinú y se extendió a otros lugares (1967 hasta el presente), y luego la generalizada con participación al principio de un variado número de actores: Estado, Guerrillas, Paramilitares, Autodefensas, narcotráfico, que durante el proceso cualificaron sus fuerzas y radicalizaron sus concepciones (1985 en adelante). Estos brotes de violencia social y política generaron en mayor o menor medida desplazamiento masivo de familias de pueblos y veredas de Córdoba hacia Montería, pero también vinieron familias de municipios y corregimientos de otros departamentos de Colombia como Antioquia, Choco y Urabá.

 

Ramos & González (1999) han estudiado la situación de muchas de estas familias afectadas por estos fenómenos sociales, y han observado que la mayoría de las personas desplazadas llegan a las ciudades y se ubican en barrios tuguriales o invaden terrenos, conformando así los famosos asentamientos subnormales que en la mayoría de los casos se convierten luego en barrios subnormales que muchos gobiernos legalizan a pesar de las grandes implicaciones que tiene habitar esos lugares. En el caso de Montería, los estudios de Negrete (1997) mostraban que ya para 1994 la ciudad contaba con más de cuarenta asentamientos subnormales receptores de una población desplazada de aproximadamente 24.484 inmigrantes. Para el 2007 el problema creció y  la ciudad con un área aproximada de 5.000 hectáreas, tenía 400 de ellas ocupadas por un poco más de medio centenar de asentamientos subnormales con una población de 100.000 personas (Negrete, 2007).

 

En esos mismos asentamientos convergen tanto personas afectadas por el conflicto armado, como desplazados voluntarios que llegaron a la ciudad, debido a que las zonas rurales donde residían se encontraban sumergidas en la pobreza y el abandono y no disponían de oportunidades y medios de sostenimiento para vivir dignamente. Además en esos asentamientos se encuentran con otras familias de Montería que carecían de vivienda propia y que vieron la alternativa para tener casa o terreno propio, aprovechando las invasiones, las ventas de terrenos a bajos precios y los programas del antiguo Instituto de Crédito Territorial. Los asentamientos subnormales se vuelven un escenario importante para estudiar, tanto por las condiciones de vida de sus habitantes, como también para investigar la diversidad multicultural y el mundo interactivo de comunicación y relaciones que se mueven en la vida cotidiana de estas familias desplazadas, incluyendo los cambios en su estructura familiar. Por esta razón, la presente investigación ha querido profundizar en esa última línea de reflexión, partiendo de dos objetivos claves: describir los procesos de comunicación que se forjan en las relaciones de las familias de barrios subnormales de la ciudad de Montería, y además, identificar las barreras o conflictos que surgen en la comunicación y las relaciones de estas familias.

 

Ahora bien, para fundamentar este estudio se consideró apropiado hacer una revisión teórica de la comunicación familiar como concepto y las barreras de comunicación que se han abordado desde investigaciones en el campo de las relaciones interpersonales, para así disponer de suficiente información que fortaleció la estructura metodológica de este trabajo.

 

 

EL ROL DE LA COMUNICACIÓN EN LA DINÁMICA FAMILIAR

 

Etimológicamente, la palabra “comunicación”, proviene del latín “comunicare” que en su primera acepción significa: "Hacer a otro partícipe de lo que uno tiene, intercambiar, compartir, poner en común", a su vez proviene del latín antiguo “comoinis” y este del indoeuropeo ko-moin-i "común, público" o "intercambio de servicios" (Gómez, 1998, p.21).

Desde el mismo origen y sentido de la palabra, el acto de comunicarse presupone la existencia de la otredad como factor clave para construir relaciones, pues en última reconocer a los otros como interlocutores validos y establecer relaciones con los demás es el fin primario de todo proceso de comunicación (Satir, 1988).

 

La comunicación como área de estudio, ha sido analizada desde miles de años atrás, y es en la figura de Aristóteles donde se puede apreciar que en la antigua Grecia ya existía una preocupación académica por entender cómo se da el proceso de comunicación humana. Es así como Griffin (2000), afirma que la obra titulada “La Retórica” de Aristóteles, escrita hace más de dos mil años aproximadamente, es la primera obra sobre el estudio empírico de la comunicación. En ella Aristóteles se dedica a estudiar la forma como los oradores se dirigían a su público con el fin de convencerlos de la validez de sus teorías y postulados filosóficos. Desde esta concepción Aristotélica, se reconoce que uno de las principales propósitos de la comunicación, es intentar persuadir a los otros.

 

Autores como David Berlo (1982) se identifican en parte con la visión Aristotélica de la comunicación, al mencionar que la finalidad de la comunicación es afectar e influir a otros. Para ello, en las dinámicas de comunicación se toman iniciativas que esperan producir una respuesta, partiendo de la idea de convertir a las personas en agentes efectivos que toman decisiones que transforman el mundo físico que los rodea, afectando y dejándose afectar por los demás. Otros como Gonzales (1990), coinciden con esa mirada histórica de la comunicación que implica analizarla desde sus raíces primitivas, reconociendo que la comunicación cotidiana es el resultado de millones de años de evolución en el que el ser humano ha ido perfeccionándose en el tiempo, al igual que los códigos que ha tenido que construir para relacionarse con sus pares y para sobrevivir a las adversidades del entorno, y dejar un legado de experiencias y tradiciones a las nuevas generaciones.

 

Por su parte, Watzlawick & Jackson en su intento por analizar la comunicación desde otros escenarios de la vida cotidiana, logra reconocer que la comunicación no solo permite afirmar las relaciones, sino que sin ella la vida no es posible, ya que para sobrevivir cualquier organismo debe obtener las sustancias necesarias para su metabolismo, pero también requiere información adecuada sobre el mundo circundante. Es así como se comprende que la comunicación y la existencia constituyen conceptos inseparables (Watzlawick, Beavin & Jackson, 198, p.233)

 

Esto demuestra que a lo largo del tiempo la comunicación ha sido estudiada desde diversos enfoques y miradas, por lo que “algunas concepciones enfocan la ontología y naturaleza del lenguaje como constructor de realidades, otras enfatizan la transmisión de contenidos, ideas y emociones; otras trabajan con la idea de que una mente afecta a otra y otras más miran tanto los comportamientos como el proceso de inducir respuestas reales o imaginadas, a partir de estímulos verbales” (Gallego, 2003, p.75).

 

En este contexto sociocultural de interacciones humanas, surge el concepto de comunicación familiar que “se puede entender como el proceso simbólico transaccional de generar al interior del sistema familiar, significados a eventos, cosas y situaciones del diario vivir; es un proceso de influencia mutua y evolutiva que incluye mensajes verbales y no verbales, percepciones, sentimientos y cogniciones de los integrantes del grupo familiar. La interacción ocurre en un contexto cultural, ambiental e histórico y tiene como resultado crear y compartir significados” (Gallego, 2006, p.94).  Desde ese escenario sociocultural los estudios sobre comunicación familiar permiten abordar este tema, remitiéndose a dos conceptos importantes como son: la intersubjetividad y la interactividad, que provienen de la Fenomenología y la interacción simbólica respectivamente, y aunque no todos los estudiosos de la comunicación utilizan estos conceptos en forma conjunta, les confieren importancia para su análisis e interpretación (Fitzpatrick y Ritchie, 1993, citado por Gallego, 2006).  Por su parte, Tesson & Younnis (1995) y Noack & Krake (1998) perciben la comunicación familiar como un escenario decisivo para renegociar roles y transformar las relaciones para que el ambiente familiar no sea hostil, sino que esté rodeado de mutualidad y reciprocidad.

 

La familia es precisamente el primer laboratorio social donde los seres humanos experimentan sus primeros contactos con otros (intersubjetividad), desarrollando vínculos afectivos o relaciones cercanas u ocasionales (interactividad). Por consiguiente, la contribución que puede hacer la familia en el proceso del desarrollo humano depende de qué tan funcional es su sistema, tanto en su estructura y modos de convivir, como en el tipo de comunicación y vínculos afectivos que establece en las relaciones sociales e intimas que construye.

 

En este sentido, Alcaina & Badajoz (2004) han enmarcado las familias desde su operatividad en dos grandes tipos: la familia funcional que se caracteriza por el cumplimiento eficaz de sus funciones, la presencia de un sistema familiar que permite el desarrollo de la identidad y la autonomía de sus miembros, cuenta con flexibilidad en las reglas y roles para la solución de los conflictos, tienen la capacidad de adaptarse a los cambios y presentan una comunicación clara, coherente y afectiva que permite compartir y superar los problemas. La otra familia es la de tipo disfuncional, que presentan negativos niveles de autoestima en sus miembros y la presencia de una comunicación deficiente y malsana que se manifiesta en comportamientos destructivos y a veces violentos, que limita el libre desarrollo de la personalidad de sus miembros, afectando con mayor fuerza a la población infantil y adolescente. La familia disfuncional ante situaciones que generan estrés responde aumentando la rigidez de sus pautas transaccionales y de sus límites, careciendo así de motivación y ofreciendo resistencia al cambio.

 

Herrera (2007) también reconoce el papel importante que juega la comunicación en el funcionamiento y mantenimiento del sistema familiar cuando esta se desarrolla con jerarquías claras, límites claros, roles claros y diálogos abiertos y proactivos que posibiliten la adaptación a los cambios. Planteamiento que se refuerza también con los trabajos de Manuela Alonso (2005) cuando al estudiar las interacciones familiares y los ajustes en la adolescencia encuentra que la relación de la depresión que viven algunos miembros del hogar con las dimensiones de la comunicación familiar es muy similar, resaltando así,  la importancia de la comunicación familiar, como una de las características del sistema familiar que mejor diferencia el nivel de ajuste de sus miembros y, por tanto, como uno de los principales recursos del sistema familiar.

 

De igual manera, los trabajos de Jiménez, Musitu & Murgui (2005) muestran efectos directos de los problemas de comunicación con la madre y del apoyo social percibido del padre en conductas delictivas de los adolescentes estudiados. Además, se constata un efecto mediador del apoyo social del padre entre los problemas de comunicación con la madre y la implicación del hijo adolescente en actos delictivos.

 

 

COMPONENTES DE LA COMUNICACIÓN FAMILIAR

 

Gallego (2006) también clasifica en uno de sus escritos sobre comunicación los componentes que a su juicio intervienen en la dinámica comunicativa de las familias, siendo estos: 1. los mensajes verbales y no verbales, que les dan el contenido de la interacción, formando un todo en la comunicación y utilizándose para crear significados familiares, creando realidades y significados diferentes al acto. 2. Las percepciones, sentimientos y cogniciones, así como las emociones y los estados de ánimo de los que participan en la comunicación son elementos que influyen en el proceso de interpretación y comprensión. 3. Los contextos en los que se desarrolla la comunicación que abarca la cultura, el lugar, el periodo histórico, el ambiente cercano como la disposición de los espacios. En la misma línea, otros autores como Virginia Gutiérrez (1977) considera que la comunicación familiar se da desde dos escenarios: uno de carácter interno de la familia y la otra en relación con la comunidad. A manera de ejemplo, sus estudios sobre la comunicación interna de las familias buscan analizar la amistad, las actividades y costumbres familiares, la ejecución de proyectos para mejorar la vida y la planificación familiar, y en lo externo analiza la proyección de la familia teniendo en cuenta la comunicación entre progenitores e hijos con la comunidad.

 

En lo que concerniente a las características que presenta el proceso de comunicación familiar, la investigadora Reca Moreira (1996, citado por Moré, Bueno, Rodríguez & Zunzunegui, 2005) en sus estudios sobre familias en Cuba, han identificado una serie de aspectos que se dan en la comunicación en la pareja y entre padres e hijos, y percibe la existencia de un déficit en la comunicación que dificulta el funcionamiento familiar a pesar de tratarse de familias estables. Es así como destaca diferentes características que permiten clasificar la comunicación familiar de esta manera:

 

1. Apertura: relativa a la cantidad y amplitud de los temas de los cuales se conversa o discute.

2. Intimidad: referida a la significación y profundidad de los temas de comunicación.

3. Reflexión: concierne a la capacidad de los sujetos implicados en la relación de concientizar y manifestar los sentimientos y conflictos que experimentan.

4. Constructividad: relacionada con la discusión y solución de los problemas

5. Confianza: perteneciente al sentimiento del sujeto de que va ha ser atendido, escuchado y comprendido por su interlocutor.

 

En cuanto a la funciones y formas de la comunicación, Lomov (1989, citado por Moré, Bueno, Rodríguez & Zunzunegui, 2005, p.2), cree que éstas se desarrollan "... por las funciones sociales de las personas que entran en ella, por su posición en el sistema de las relaciones y se regulan por los factores relacionados con la producción, el intercambio y el consumo, con los puntos de vista acerca de la propiedad así como las tradiciones, normas morales y jurídicas e instituciones y servicios formados en esa sociedad". En este sentido Lomov establece tres funciones básicas de la comunicación que son: la informativa o cognoscitiva, la reguladora y la afectiva.

 

En primer lugar la comunicación informativa según Lomov, tiene que ver con transmisión y recepción de la información, permite transmitir experiencias, conocimientos, juicios y valores, de tal forma que “durante el flujo de comunicación  inherente a las relaciones sociales,  continuamente se promueven emociones y sentimientos en correspondencia con la significación de los contenidos  que se intercambian y la jerarquía que tengan en su escala de valores; ese conjunto de vivencias afectivas dificulta o favorece  la comunicación y constituye la función afectiva, que permite la expresión de los sentimientos”(p.2). La función informativa es inherente en todo proceso de comunicación, pues todo código o mensaje que emiten las personas esta cargado de información.

 

La segunda función tiene que ver con la regulación de la conducta a partir de la influencia mutua, apoyándose en la retroalimentación inherente al proceso de intercambio de información,  que hace factible el control del comportamiento, ya sea por el efecto causado sobre el interlocutor o por la propia autoevaluación.

 

En tercer lugar, la comunicación afectiva tiene que ver con el contacto físico, los sentimientos, las expresiones de sentimientos y emociones que afirman y hacen sentir al otro como un sujeto reconocido e importante dentro del grupo familiar. La función afectiva en la comunicación tiene importancia vital en la estabilidad emocional de los sujetos y en su realización personal, y por supuesto está estrechamente relacionada con la autoimagen y la autoestima que tiene que ver con la necesidad de compatibilizar su papel social y personal (Gonzales, 1989, citado por Domínguez, Gonzales & Vega, 2009).

 

Estos conceptos de comunicación informativa, afectiva y reguladora guardan estrecha relación con los estudios de Buhler (1967) que reconocen tres funciones básicas del lenguaje: la función representativa, apelativa y expresiva.

 

La función representativa que es denominada también cognitiva, referencial o informativa, tiene que ver con el acto de nombrar las cosas, de hacer referencia de algo mediante el uso del lenguaje, brindando así información de la cotidianidad y de lo que acontece en el mundo. Esta función esta asociada con el desarrollo de procesos cognitivos, que abarcan la observación, interpretación, las relaciones, diferenciaciones y la capacidad de conceptualizar, entre otros.

 

La función apelativa que menciona Buhler, es asociada muy de cerca al pensamiento Aristotélico de la comunicación, de tal forma que es entendida como la propiedad persuadir o influir en el otro por medio de las palabras para que adopte determinado comportamiento, pensamiento o actitud proporcionada por el sujeto emisor. En el contexto familiar esta función se relaciona con todos aquellos mensajes revestidos de órdenes, condicionamientos, respecto a las normas y reglamentos del hogar o cualquier otro proceso comunicativo que pretenda regular o controlar las actuaciones de los miembros de la familia, en aras de la funcionalidad y estabilidad del sistema.

 

La función expresiva es entendida desde la exteriorización de las emociones de las personas. Dentro del contexto familiar cobra valor toda vez que sus miembros puedan expresar libremente sus deseos, sentimientos y estados ánimos porque percibe al interior del hogar un ambiente afectivo apropiado para expresar lo que siente sin temor a ser rechazo o ignorado.

 

 

CONFLICTOS FAMILIARES Y BARRERAS EN LA COMUNICACIÓN

 

Diversos autores han abordado el tema de las barreras que se presentan en el proceso de comunicación independientemente de los escenarios sociales. Algunos como Sánchez & Navas (2007) y Chiavenato (2005) han analizado las barreras desde los elementos que impiden, interfieren y obstaculizan el adecuado flujo de los contenidos de un mensaje a través de sus respectivos canales. De esta manera, Scocoza (2005) distingue tres tipos de barreras: las barreras del entorno (ruido, desorganización, incomodidad…), las barreras del emisor (ausencia de un código común, lenguaje ambiguo y excesiva redundancia), las barreras debidas al Receptor (carencia de habilidades concretas en la comunicación, los filtros, defensa psicológica  y  ausencia de Feeback…). En la misma vía, Badura (1979) mira las barreras de la comunicación centradas en la dificultades de comprensión que surge para entender el significado del mensaje, a partir del código lingüístico en que llega y de las intenciones comunicativas que lo rodea, de tal manera que la comunicación lingüística se puede truncar según él, por la existencia de tres aspectos: el No entender, el Entender Mal, y la dificultad para diferenciar en los juicios y tipología de los diálogos.

 

Robin (2001) & Gordon (2007), ambos citados por Sánchez & Nava (2007), analizan las barreras dentro del contexto de la comunicación organizacional, resaltando cuatro elementos que afectan las relaciones interpersonales: la diferencia de percepciones; la distancia física; el filtrado que tiene que ver con la alteración intencionada de la información; el mal uso del lenguaje y la definición que se le da a las palabras. Pero en contextos más específicos como el de la familia, las barreras de comunicación que se presentan tienen que ver con factores de tipo sociológico como la vinculación que tienen las familias o individuos a grupos sociales que originan concepciones filosóficas, religiosas e ideológicas que hace que muchas veces no haya acuerdo frente de un tema especifico por la divergencia de puntos de vista. También sobresalen las factores a nivel psicológico que surgen por las condiciones y características psicológicas de las personas que intervienen en la comunicación y que incide en la naturaleza del conflicto, esto incluye el interés, el temperamento, la desconfianza, la rivalidad y la falta de habilidades comunicativas, entre otras (Águila, 2005). Rogers (citado por Ribalta 2006) plantea que la mayor barrera que se opone a la intercomunicación es la tendencia natural de los individuos a juzgar, evaluar, aprobar (o desaprobar) los juicios de otras personas.

 

Conviene mencionar además, que en algunos grupos familiares aparecen actitudes de autoritarismo y manifestaciones de maltrato que generan barreras en las relaciones y el sistema de comunicación, debido a que se restringe la libertad de expresión en aquellas personas que dependen en cierta medida de la figura dominante, ello involucra aspectos de tipo histórico - culturales y de género. Vásquez amplia este fenómeno y lo ejemplifica a partir de sus propias experiencias de vida: “La dictadura del silencio la padece el hombre desde la infancia. ¡Cállese! Los niños hablan cuando los gallos orinan", así me dijeron si  quise  intervenir  en  alguna  conversación  de  mayores.  La autoridad coartaba mi pensamiento. Estaba entonces deseoso de crecer para poder disfrutar de mi derecho a opinar…..¡Niño, eso no se  dice! En  un  principio  la  prohibición  estaba  dirigida  a  esas palabras gordas, resonantes, que los adultos decían sin que nadie los mandara a callar, y aprendimos por culpas ajenas” (Vásquez, 1999, p.1).

 

Por su parte, los conflictos familiares pueden en determinado momento convertirse en barreras que limitan la comunicación y las relaciones familiares, cuando se pierde el respeto y el reconocimiento de los demás miembros como legítimos otros en la convivencia. En la familia se pueden presentar conflictos maritales y conflictos parentales, el primero tiene que ver tanto con la frecuencia, intensidad y tipo de resolución con que los padres afrontan los problemas y las discusiones (Hiller, 2001, citado por Cabrera & Guevara, 2007) como con el empleo de agresiones a su pareja, usando métodos aversivos que incluye: maltrato físico o verbal (Jouriles, Barling y O`leary, 1987, citados por Wilson y Gottman, 1995), el segundo aborda un sin número de factores, dentro de los cuales se destacan los aspectos recurrentes mencionados en las investigaciones de Bosma & Jackson (1996, citado por Fuentes, Motrico & Bersabe, 2003) siendo estos: opciones y costumbres sociales (elección de amigos y pareja, hora de volver a casa, etc.), responsabilidad (realización de tareas familiares, consumo y uso del dinero, etc.), 1os estudios (rendimiento académico, hábitos de estudio...), relaciones familiares (riñas con 1os hermanos, relaciones con 1os abuelos...) y valores morales (honestidad, cumplimiento de las leyes...).

 

Los conflictos familiares pueden tener diferentes características, Jhonson & Jhonson (1999) distinguen claramente entre lo que son los conflictos constructivos de los destructivos. En los primeros, los conflictos se transforman en oportunidades para hacer de la familia un espacio en donde la convivencia como proceso evolutivo y dinámico apunte hacia la consolidación de una familia nutrida en donde el buen dialogo, el respeto, el reconocimiento y la tolerancia estén presentes como principios vitales de esa buena armonía familiar, que provechosamente mira la diversidad, como complemento importante y no como amenaza inminente. En lo segundo, los conflictos ya sean maritales o parentales desembocan en relaciones de dominación, intimidación, maltrato físico o psicológico y cualquier forma de trato rudo, que pongan en detrimento la dignidad de vida, la libertad de expresión y la participación activa de los asuntos familiares. Cuando esto ocurre, el conflicto familiar se transforma en una barrera de comunicación debido a que el sujeto afectado siente temor a expresarse o a decir la verdad por miedo a ser rechazado o maltratado, generándose una comunicación negativa y limitada, a razón de que el sujeto intimidado puede perder confianza en sí mismo y en el otro.

 

Sánchez y Díaz (2003, citado por Ramos, 2007), en sus investigaciones revelan claramente la forma como se relacionan los conflictos familiares con los patrones de comunicación, mostrando así, que los estilos comunicativos positivos (afectivos, accesibles) posibilitan la resolución de los conflictos interpersonales en el hogar, a diferencia de los estilos negativos en la comunicación (violencia, dominantes) que empeoran los problemas y dificultan las relaciones familiares. A su vez, los hallazgos de Barnes & Olson (1985), Ritchie & Fitzpatrick (1990) ambos referenciados por Ramos (2007), identificaron la estructura familiar como un factor determinante en la fluidez del acto comunicativo.

 

Los conflictos familiares pueden originarse tanto en las relaciones maritales como en las parentales. Emery (1982) por ejemplo, hace referencia al tema analizando la discordia en parejas unidas o separadas y el término “conflicto marital”, lo usa exclusivamente para referirse a la hostilidad abierta entre las parejas.  De igual manera, Taborga (2004) en uno de sus recientes publicaciones analiza que tanto la intensidad como la frecuencia del conflicto marital, la forma en que se expresa y se resuelve, junto con la presencia de algunos factores protectores, van a determinar el grado de impacto que tendrán en los hijos los conflictos conyugales. En sus hallazgos Taborga ha comprobado que la severidad de las peleas tiene un rol central y que la alta intensidad de las peleas entre los padres se asocia a trastornos del apego y angustia, tanto en lactantes como en preescolares. Así, resumiendo resultados, se puede establecer que el “perfil de los hijos que tienden a presentar más problemas de conducta es el de aquellos que pertenecen a un hogar, cuyos progenitores se caracterizan por presentar gran frecuencia de conflictos de pareja y por ejercer gran control autoritario sobre ellos.”(Ramirez, 2007, p.3).

 

Esto es entendible, si se tiene en cuenta que los padres no solo son la fuente de protección y seguridad de los hijos en sus etapas básicas de vida, sino que también son punto de referencia, para establecer sus primeros vínculos y para moldear su personalidad mediante el ejercicio de la imitación de las actuaciones y roles que observa de su figuras cercanas. Cualquier situación positiva o negativa que viva en el seno del hogar por influencia directa de sus padres o de sus figuras protectoras afecta su dinámica de vida ya sea para bien o para mal.

 

Los estudios del Dr. Cummings (citado en la Revista Kinsein, 2006) sobre conflicto marital e interparental confirma esa visión relacional de afectación reciproca en el ámbito familiar en donde la calidad de la comunicación y los vínculos maritales y parentales interactúan de manera directa y es determinante en el desarrollo psicológico y emocional de los hijos, por lo cual cuestiona la subestimación que muchos padres y profesionales de la salud mental le dan al tema del conflicto marital, pues según él, los conflictos familiares inciden en el bienestar de los hijos, y son muy pocos los que saben que la seguridad de los pequeños está ligada a la calidad de relación de sus padres. Por ello, afirma que cuando la relación de matrimonio es favorable, sirve de soporte a la exploración del niño y en su relación con los demás, pero cuando el conflicto marital erosiona ese puente, los niños pueden perder la confianza y se vuelven indecisos a la hora de avanzar, o puede que avancen pero de forma irregular. Demostró además que, por el contrario, las relaciones constructivas en las que los padres se demuestran cariño y sentimientos positivos, pueden aumentar la sensación de seguridad de los niños. En el mismo orden de ideas, en relación con la resolución de conflictos, se ha observado que cuando estos se resuelven, las emociones negativas en los niños disminuyen. (Cummings, Simpson y Wilson, 1993). 

 

METODOLOGIA

 

Población:

La presente investigación descriptiva se hizo con una muestra intencional de 300 familias (Z=1.74, con varianza muestral =0.25, error muestral 5%), teniendo en cuenta que la población de barrios subnormales registrado en Montería en los estudios de Negrete (2007) alcanza los 100.000 habitantes. Las familias seleccionadas pertenecen a cuatro barrios subnormales de la ciudad de Montería, y contaban al menos con dos años de habitar en el sector, periodo en el cual se consideró que ya tenían cierta estabilidad para adaptarse a su nuevo ambiente de vida y de establecer relaciones interpersonales y familiares con mayor tranquilidad y apertura.

 

Instrumentos:

 

Se aplicaron dos instrumentos: el primero de tipo encuesta de carácter demográfico (ECV – encuesta sobre condiciones de vida) dirigido a padres de familia que buscaba información relacionada con la estructura y funcionamiento socio-económico de la familia: autoridad del hogar, aportantes del sustento el hogar y suficiencia de los ingresos de la familia, entre otros. Otro instrumento que se aplicó fue sobre comunicación familiar (ECF), dirigido a menores de edad y adolescentes entre los 12-15 años pertenecientes a cada una de las 300 familias seleccionadas en la muestra. Allí se obtuvo información sobre: las personas con quienes viven los menores de edad en el hogar; de quienes reciben apoyo emocional y moral en el hogar; con quienes dialoga y desarrolla más confianza en la familia; problemas se han presentado en el hogar que han afectado la comunicación y las relaciones en la familia, entre otros factores. Ambos cuestionarios se diseñaron y adaptaron por Garcés (2004) en una investigación sobre educación popular y comunitaria con familias de sectores subnormales de esta misma región.

 

Procedimiento:

 

Los datos fueron analizados teniendo en cuenta las variables objeto de estudio (comunicación- barreras/conflictos familiares), y la información obtenida en el proceso de tabulación. Inicialmente se analizó de forma individual la variable comunicación familiar, a partir de los resultados obtenidos de las preguntas que se hizo a los adolescentes acerca de cómo percibían a nivel general la comunicación y la confianza en la familia. Las preguntas contenían tres tipos de indicadores (Buena, Regular, Mala), en cada indicador de la pregunta, había un paréntesis donde se les señalaba lo que significaba cada uno de los indicadores con los que se identificaban. Cada uno de los indicadores se construyó teniendo como base el referente teórico de Lomov (1989),  Buhler (1967) y otros autores importantes de la comunicación tal como se mencionó en el marco teórico.

El estudio no solo observó la dimensión unilateral de la variable “comunicación familiar”, sino que en algunos casos la relacionó de forma paralela con los tipos de familia existente, de una manera descriptiva y no inferencial, esto permitió entender mejor las características de la comunicación y las relaciones mirando diferencias en cada una de las tres estructuras familiares encontradas (nuclear, monoparental y extensa). Se consideró importante analizar la variable “liderazgo familiar”, teniendo en cuentas los roles de los padres de familias y los hijos, pero también abordándola desde la dimensión de poder que genera el tema económico en la familia. Es por eso que se consideró necesario evaluar el comportamiento de la variable “liderazgo familiar” con la de “aportantes en la familia”, lo que permitió establecer y comprender las diferencias que habían en las concepciones de autoridad y liderazgo a partir de las respuestas obtenidas en torno al poder de decisión y participación en la familia.

 

RESULTADOS.

 

De este grupo de 300 familias encuestadas el 61% eran de tipo de nuclear (presencia del cabeza de familia con su cónyuge – marido/esposa e hijos), el 31% son familias mono parentales (solo un cabeza de familia)  y un 8% era familias extensas (se define por cohabitación de por vida, la convivencia entre varias familias y un núcleo tres o más generaciones de hijos).

 

En cuanto a las características de esta población encuestada en estos asentamientos subnormales, el 26% asegura ser desplazado por la violencia; otro 36% aseguró venir de otro lugar a nivel nacional o departamental; un 29% manifestó ser de la ciudad de Montería y un grupo reducido equivalente al 9% se abstuvo de dar declaración al respecto. 

 

A continuación, se desglosa el análisis de la información obtenida que sirve como aproximación  al campo de la comunicación familiar y las relaciones en estos asentamientos:

 

 

Características de la Comunicación familiar

 

En lo concerniente a la comunicación y las relaciones que se forjan al interior de las familias de barrios subnormales encuestadas, cabe resaltar que dentro del porcentaje de hogares nucleares, el 37% reportó una buena comunicación familiar basada en el dialogo y la confianza entre sus miembros. Para el caso de  las familias mono parentales, el 15% del total de esos hogares manifestaron también disponer de buena comunicación y cercanía entre sus miembros, lo mismo se presentó en la proporción  de familias extensas, en donde un 4% del total de esos hogares contaban con adolescentes que calificaron positivamente el dialogo y la confianza entre sus miembros.

 

Dentro de los temas que frecuentemente hablan las familias de estos asentamientos, al categorizar las diversas respuestas se destacan: situaciones que suceden diariamente en el hogar (28%), de cosas que ocurren en el barrio o en otras zonas (29%), de aspectos íntimos de sus vidas (21%), y de programas de la televisión u otros medios (15%), entre otros.

 

Sin embargo, con esta información no es posible afirmar que la tipología ideal de familia que puede garantizar la presencia de una comunicación favorable y unas relaciones intrafamiliares sólidas es la de carácter nuclear, pues hubo otro 21% de las 183 familias nucleares que participaron del estudio que no disponían de una comunicación favorable, y dentro de las familias mono parentales y extensas que en total sumaban 111 familias existían un 19% de esos hogares con niveles de comunicación favorable soportado en sus afirmaciones que mantenían diálogos cercanos y fuertes lazos de confianza.

 

Pero independientemente del tipo de familia, a la hora de profundizar en los sujetos que participan de este ambiente funcional de comunicación y de relaciones, se logra descubrir para el caso de las 111 familias nucleares que presentaron buenos niveles de comunicación que un 20% de los adolescentes encuestados aseguraron que es con su madre con quien más dialogo, cercanía y confianza tienen en la familia, duplicando así al porcentaje de papás de esos hogares que alcanzaron a tener solo en un 9% un buen nivel de dialogo y confianza favorable con sus hijos.

Esto es entendible en parte, y no justificable por supuesto, si se tiene en cuenta que dentro del total de familias nucleares el 55% se sostiene económicamente por los aportes exclusivos del padre que la mayor parte del tiempo vive del “rebusque” por medio de oficios varios como la albañilería y la venta ambulante, entre otros, lo que hace que se ausente del hogar mucho tiempo y sea la madre  la que mayor tiempo asiste a los hijos en el hogar y la que mayor cercanía logra desarrollar con ellos. Lopez (2007) observa que muchos padres tienen cada día más dificultades conciliar el trabajo con los hijos, por lo cual, muchos viven frustraciones, culpas, y se sienten impotentes ante la falta de tiempo que tienen para estar junto a ellos, evidenciándose según ella -la necesidad de abogar por cambiar la cultura familiar en lo que al uso del tiempo se refiere.

 

En las 63 familias nucleares que reportaron una comunicación no favorable, también se encontró que el dialogo y la confianza mayor se da entre madre e hijos (17%), lo mismo que en las 60 familias mono parentales y extensas con dificultades en la comunicación la madre, fue la mejor evaluada en dialogo y confianza que los papás (6%) y hermanos (4%); caso diferente se dio en los hogares mono parentales donde el padre tiene a cargo a sus hijos (3%), aquí se encontró que todos los adolescentes manifestaron que existía una buena comunicación con el papá, logrando tener una buena comunicación afectiva y reguladora basada en el dialogo y la confianza. La igualdad en la comunicación solo se percibió cuando el adolescente por diferentes razones estaba bajo la custodia de parientes (4%), en esa proporción es destacable que casi la totalidad de los adolescentes (3%) manifestó tener una comunicación favorable en este nuevo tipo de familia, y en especial con la persona que los cuidaba (abuelos, tíos…).

 

 Aspectos que afectan negativamente la comunicación y las relaciones en las familias.

 

Como se mencionaba anteriormente, no es posible afirmar que solo existe un tipo ideal de familia que pueda garantizar la adecuada armonía en la comunicación y en los vínculos familiares. Sería algo ingenuo y al mismo tiempo ilógico pensar que la sola estructura en si misma pueda funcionar; ignorando así que en los miembros del hogar no solo requieren que exista voluntad y deseo de querer estar en el hogar aportando al mejoramiento y mantenimiento de la misma, sino que se requiere según Herrera (1997) que los miembros cumplan eficazmente sus funciones (psicológicas, económicas, biológicas, culturales, espirituales…) y tengan capacidad de adaptación, ajuste y equilibrio para lograr desarrollarse y enfrentar los momentos críticos de una manera adecuada,  además de un gran sentido de responsabilidad para cumplir con su rol adecuadamente.

 

Aun así, existen situaciones o factores que afectan la comunicación y las relaciones al interior de estas familias de barrios subnormales, para este caso este estudio mostró cuatro elementos: la separación de los padres, el maltrato psicológico y físico,  la crisis económica y el consumo de drogas.

 

En el primer factor se encontró que 75 de las 300 familias encuestadas que viven en condiciones de subnormalidad en Montería, equivalente a un 25% del total, han vivido experiencias de separación de sus conyugues, donde en su mayoría es el padre el que abandona el hogar (80%), quedando los hijos en mayor proporción solo al cuidado de la madre (65%) y otros al cuidado de madre y parientes cercanos (35%). No por esto, se puede decir que este factor es una causa determinante de la buena o mala comunicación que exista entre los que quedan al interior de la familia, pues de ese 25% de hogares más de la mitad (13%) percibe que la comunicación y las relaciones familiares son favorables con el que se queda, y otro porcentaje significativo la consideró inapropiada (12%). Es decir que algunas familias con la ruptura son más afectadas que otras en su comunicación y sistema de relaciones, y las que no logran asimilar la transición adecuadamente evidencian un impacto negativo en la comunicación familiar y las relaciones, encontrándose un deterioro en el dialogo y la confianza entre los miembros del hogar.

 

En este orden de ideas, analizando la información, ya no observando cómo se afecta el entorno familiar general, sino el tipo de vinculo entre padres e hijos, aquí se aprecia una variación significativa, de tal forma que dentro de las 49 familias con antecedentes de ruptura y que quedaron bajo el liderazgo de la madre, los adolescentes manifestaron que el dialogo y la confianza tiende a disminuir con el que se ausenta de la casa, en este caso el con el padre (74%), y se aumenta o se mantiene con la persona que queda a su cuidado, en este caso la madre (83%). No fue posible determinar en este estudio las razones por las cuales en mucho de los casos la comunicación entre el padre y los hijos se deteriora una vez se da la separación, se requiere investigar a profundidad si es que quedan relaciones hostiles entre los padres de familia separados y por ello no se logran los acuerdos pertinentes buscando la salud de los hijos; además es pertinente explorar si es el padre en definitiva el que decide irresponsablemente distanciarse de sus hijos o si es la madre la que logra tener cierto tipo de influencia en este deterioro, o si el deterioro involucra otros aspectos. Lo cierto es que solo un pequeño porcentaje de estas familias (2%) logra mantener buena comunicación y relaciones con el padre, a pesar de que este decide separarse de su familia.

 

En esta misma línea de reflexión pero mirando el impacto de la ruptura de los conyugues en la personalidad y los vínculos sociales de los hijos, se seleccionaron al azar adolescentes para recoger información concerniente a necesidades de crecimiento personal, valores y vínculos sociales. Se escogieron 66 de los 75 adolescentes que vivieron experiencias de separación de sus padres, pero que además reportaron en términos generales una inadecuada comunicación entre sus miembros, lo cual equivalía a un 22% del total de las familias. De este subgrupo se estableció que dentro sus mayores necesidades emocionales y existenciales, se encuentran en un 36% los que manifestaron tener dificultades de auto aceptación física y de carencia de confianza en sí mismos;  y en un 7% los que expresaron tener dificultades para relacionarse con los demás y expresarse libremente.

 

Esto reafirma en alguna medida lo encontrado en investigaciones lideradas por Palacio & Sabatier (2002) con poblaciones vulnerables y sobre todo desplazadas en la costa Caribe, revelando que los jóvenes separados de sus padres presentan mayores problemas en su desarrollo psicológico, presentando en algunos casos ansiedad, depresión y alteraciones de la vigilancia. Amato (2000) y Amato & Deboer (2001) en sus investigaciones, revelan que son muchos los niños de familias separadas o divorciadas que muestran niveles más bajo de desarrollo de habilidades sociales que sus pares y presentan dificultades psicológicas que trascienden a la adultez. Cummings (2006) también reconoce la influencia de las relaciones maritales en la calidad de las relaciones parentales; a su vez, los trabajos de  la Dra. Moreira  confirman que “al estudiar la influencia educativa de los padres en la formación de los hijos, los resultados muestran significativamente una baja manifestación de las funciones afectivas y regulativas de la comunicación debido a la poca presencia del padre en la relación con su hijos, reduciendo ésta fundamentalmente al intercambio de información” (Moreira, citada por Moré, Bueno, Rodríguez, Zunzunegui, 2005, p.3). 

 

El segundo factor tiene que ver con la presencia de maltrato como barrera psicológica que afecta los vínculos y la comunicación en la familia, en especial entre padres e hijos. Para el presente estudio, 48 familias encuestadas de estos barrios subnormales, equivalente a un 16% tuvieron adolescentes que manifestaron recibir de sus padres palabras des- afirmantes y reacciones agresivas, como expresión de maltrato psicológico, lo que hizo que la comunicación afectiva y reguladora se viera en ocasiones truncada. De ese 16% de familias con presencia de maltrato, un 12% correspondía a maltrato verbal, y un 4% correspondía en menor medida a maltrato físico hacia los adolescentes. En la gran mayoría de familias que padecían de episodios de maltrato, la comunicación fue evaluada por los adolescentes que vivían este fenómeno, como negativa (90%), manifestando existir deficiencia en los niveles de comunicación desde el dialogo y la confianza con los padres o personas a su cargo.

 

Resulta apropiado señalar que en la información obtenida se muestra mayor presencia de maltrato verbal y físico en las familias nucleares (74%) que en las mono parentales (10%) y extensas (16%), sin embargo, llama la atención que independientemente del tipo de familia, la que mayor recurre al uso de una comunicación verbal disfuncional es la madre (85%), y se más incrementa cuando vive experiencias de separación con su conyugue, de tal manera, que dentro los casos de adolescentes que vivían solo con la madre y que tuvieron experiencias frecuente de maltrato de palabras (14%), todos percibían negativamente la comunicación afectiva y reguladora, manifestada en deficiencia en el dialogo, la cercanía y la confianza tanto con su madre como en la relación con los demás miembros del hogar. El padre resulta ser el protagonista victimario en la mayoría de los episodios de maltrato físico (95%).

 

Es interesante ver en este último grupo de afectados, que todos lo casos de maltrato físico  tenían antecedentes de presencia de maltrato verbal. En otras palabras, podría decirse que las formas de maltrato pueden ser o no progresivas, dependiendo los ajustes que se hagan en el nicho familiar, pero lo cierto es que especialistas en el tema como Silva (2010, p.3) considera que en las familias disfuncionales es claro que “la violencia física precede, a veces, años de violencia psicológica”.

 

El tercer factor que demuestra afectar la comunicación y las relaciones del hogar, tiene que ver con la crisis económica que padecen estas familias. Crisis económica que muestra caminar en diferentes vías: una tiene que ver con los ingresos de la familia cuando estos son insuficientes y la otra tiene que ver con el desempleo. El presente estudio revela que el 80% de las familias devengan mensualmente menos de un salario mínimo y el 17% hasta un salario mínimo, afectándose en un 54% todas las necesidades básicas, en un 13% la educación de los hijos, en un 12% la alimentación y en un 22% el pago de los servicios públicos.

 

En este contexto de escasez financiera se le preguntó a los adolescentes de qué manera afectaba lo económico las relaciones cercana con sus padres o personas que los cuidaban, a lo cual respondieron que esta situación limitaba el dialogo y la confianza, es decir la comunicación afectiva (76%); otros mencionaron que los padres o acudientes dejaban de estar pendiente de sus asuntos y necesidades cotidianas, disminuyéndose así la comunicación reguladora (24%). Las razones fueron variadas según la categorización hecha a partir de las opiniones que dieron los adolescentes en la pregunta abierta que se les formuló para que detallaran de qué manera la crisis económica afectaba la comunicación y la cercanía entre sus padres o cuidadores y ellos, siendo estas: estrés familiar por las deudas, por el no pago de los servicios y la poca alimentación, la desatención de los padres hacia ellos por estar pendiente de conseguir dinero para el sustento diario. Como se observa, lo económico aparece como un tema central en la comunicación y en las relaciones dado la gran lucha por la supervivencia.

 

En el mismo orden de ideas, un 11% de los adolescentes manifestó que el hambre es una de las experiencias que más ha marcado sus vidas; también el fenómeno del desempleo que padecen algunos padres de familia mostró afectar a algunos adolescentes (8%). Estos datos son congruentes en otros estudios con poblaciones vulnerables, en especial los trabajos de Amaris & Paternina (2004) revelan que las dificultades económicas influyen como factor generador de conflictos, sobre todo en el subsistema conyugal, pero que por supuesto logra trascender al ámbito de las relaciones parentales.

 

El cuarto factor que afectó la comunicación familiar, tiene que ver con conductas inadecuadas a raíz del abuso de alcohol y otras drogas por parte de miembros de la familia, en especial la figura paterna. Llama la atención que de los 66 hogares (20%) que vivían esta problemática de abuso de sustancias psicoactivas, el 88% evaluó la comunicación a nivel general como deficiente en la familia, y el escaso dialogo y confianza que logra mantenerse se depositaba en el vinculo materno. Los hijos que provenían de padres con problemas de abuso de alcohol y drogas, manifestaron que  la comunicación afectiva y reguladora con ellos se dificultó (93%), con lo cual, los escenarios de dialogo cercano y la pérdida de la confianza fueron según ellos los aspectos que más se afectaron.

 

La descripción de los datos, muestra que los adolescentes perciben las conductas generadas por sus padres alrededor del abuso del alcohol o de cualquier otra droga, como elementos que están afectando la comunicación y las relaciones en todos los sentidos, provocando una desestabilización en la dinámica familiar. Este suceso guarda coherencia con los estudios realizado por Salinas (2000) que vinculan el alcoholismo y la drogadicción como factores que conllevan a la desintegración familiar, mencionando así, que dentro de los factores de riesgo que se vinculan directamente con el uso indebido de alcohol y otras drogas sobresalen: la desintegración familiar, inestabilidad afectiva, económica y social, funcionamiento familiar excesivamente rígido o extremadamente permisivo y modelo adictivo familiar.

 

 

 

Modelos de familia encontradas desde las prácticas de comunicación

 

Teniendo en cuenta los resultados anteriores y otros en donde se le preguntó acerca de los temas que con frecuencia dialogan, es posible mirar las familias encuestadas de estos barrios subnormales en tres grandes grupos, teniendo en cuenta el tipo de comunicación y de relaciones que se establecen:

 

La primera hablaríamos de familia tipo A, que representa el 56% de la población estudiada que aseguró que la comunicación que se da al interior de la familia es buena, aquí la comunicación informativa tiende a ser fluida, los miembros de su familia conocen de lo que pasa en el hogar y comparten de lo que ocurre en su contexto local y exploran muchas veces sus situaciones de vida, lo que posibilita una comunicación reguladora apropiada, de la cual menciona Lomov (1989); lo que posibilita que se dialogue y se hable tanto de lo cotidiano como de lo intimo. En este escenario familiar se abre espacio para ahondar en una comunicación que traspasa la barrera de lo instrumental, explorándose también la comunicación afectiva entre padre, madre e hijos, pero desarrollándose con mayor fuerza en los vínculos entre madre e hijos. Aunque sin desconocer que existen padres que se abren a una relación de intimidad con sus hijos (12%) y han logrado alcanzar una positiva comunicación afectiva con ellos. Puntualizando podría decirse que estas familias se caracterizan por desarrollar una buena comunicación informativa, una apropiada comunicación reguladora y una comunicación afectiva favorable, que se caracteriza por un dialogo y una apertura positiva entre sus miembros, pero tanto la confianza como la intimidad afectiva se da de manera sectorizada, siendo la madre la figura predilecta que escogen los hijos para dialogar íntimamente y en confianza.

 

La segunda es la familia tipo B donde es viable circunscribir a la población que representa el 34% de la población que asegura que la comunicación que se desarrolla en la familia es regular, donde la confianza y el dialogo son elementos visibles regularmente al interior de la familia. Aquí la comunicación informativa y reguladora tiende más hacia lo doméstico y lo cotidiano, aunque pueden existir ocasiones en que se abre espacios para hablar de situaciones íntimas, cuando los problemas ponen en peligro la estabilidad del sistema familiar. La comunicación afectiva en términos de confianza y cercanía es muy regular y se inclina más hacia la figura materna, aunque ocasionalmente puede emerger en algunos periodos más que otros, por ejemplo cuando se les preguntó a algunos de los adolescentes acerca de cosas o situaciones que en determinado momento los ha unido como familia en términos de dialogo cercano, expresión de afecto y confianza, un 13% de los adolescentes de las familias mono parentales estudiadas manifestó que la muerte de uno de sus familiares cercanos unió más a los miembros de la familia; otros tanto de familias nucleares y extensas expresaron en un 28% que los unió episodios críticos de enfermedad de algún miembro de la familia; también se mencionó en un 23% como un aspecto que en sus inicios fortaleció la familia, el episodio doloroso del desplazamiento forzado.

 

La Tercera es la familia tipo C donde es factible ubicar a la población familiar que representa el 4%, que manifestó que la comunicación familiar es mala, debido a que no hay presencia de dialogo cercanos y confianza entre los miembros.  En este contexto muestra sobreabundar la comunicación informativa, la regulación es mínima y la apertura es limitada  y restringida al igual que la confianza. El nivel de intimidad en la comunicación es deficiente, se conversa sobre tópicos generales. Aquí el dialogo y la confianza tiende a buscarse por fuera del hogar, más exactamente con amigos o vecinos, así se apreció cuando se les preguntó a los adolescentes participantes del estudio sobre con quien tienen confianza y dialogan con frecuencia de sus problemáticas y sus realidades de intimidad, para lo cual respondió la mayoría (3%) que lo hace con otras personas fuera de la familia (amigos de la vecindad, compañeros de estudio o personas con quien comparte una relación de noviazgo).

 

El manejo del poder en la familia

 

Respecto a los vínculos de poder y autoridad en las familias de estos asentamientos subnormales, se pudo establecer con mayor tendencia que está supeditado a las figuras proveedoras del sustento económico, es decir que dentro de las representaciones socio familiares de autoridad y liderazgo de la familia la simbología de poder en la casa reposa sobre la persona que garantiza la estabilidad económica del hogar. Así se dejó entrever en la consulta realizada a los padres de familias, de la cual 97% de las encuestadas era madres, cuando se les preguntó acerca de quién es el líder del hogar afirmaron en un 65% que la figura máxima de autoridad es el hombre; un 32% manifiestan que la autoridad del hogar reposaba en las mujeres; otro 3% aseguró que el liderazgo lo asumen parientes cercanos con quienes conviven.

 

Pero al mirar detenidamente los cambios de la variable (liderazgo del hogar) con relación a otras variables como por ejemplo, la variable aportantes en la familia se encontraron que el movimiento de la variable autoridad familiar estaba centrado a la persona que aporta significativamente en el mantenimiento económico del hogar. Es decir, que para el caso de la información general que representa el 65% de papás considerados por las mujeres como cabeza de hogar, esta categorización coincide totalmente con su posición de proveedor exclusivo en la familia; pero varia significativamente cuando la madre o hijos o parientes  aportan también en el sustento diario, es así como dentro de la población de padres de familia: solo dos mujeres aportan en la familia y consideran que el hombre es cabeza, diez mujeres son percibidas como autoridad del hogar porque ella es la que aporta económicamente. Pero cuando ambos aportan económicamente se aprecia un empate contundente, dado de que en 12 familias, una mitad veía al hombre como la autoridad, y la otra parte consideraba a la madre aportante como la máxima autoridad del hogar. Cuando quien aportaba eran  padre e hijos la cabeza del hogar es el hombre; pero si aportaban los hijos, la cabeza del hogar era la madre; pero si quienes aportaban eran parientes cercanos como los abuelos, la cabeza del hogar dependía del lado de consanguinidad específico del proveedor externo.

 

CONCLUSIONES

 

A manera de cierre, los resultados obtenidos en esta investigación descriptiva sobre comunicación familiar en asentamientos humanos, evidencia la presencia mayoritaria de familias nucleares que todavía se mantienen juntas a pesar de las condiciones de subnormalidad y marginalidad que rodea estos contextos habitados por personas pobres.

 

Cabe resaltar que en esos hogares nucleares fue donde se concentró la mayor proporción de familias con presencia de niveles favorables de comunicación familiar, muy por encima de las mono parentales y extensas. Aunque no hay que desconocer que hubo familias mono parentales y extensas que registraron presencia de niveles positivos de dialogo y relaciones de confianza, como también existió un porcentaje igual de significativo de hogares nucleares como un ambiente de comunicación afectiva y reguladora deficiente. Aun así independientemente del tipo de estructura familiar se logra apreciar en el sistema de vínculos y relaciones que es la figura materna la que desarrolla con más frecuencia la comunicación afectiva y reguladora con los hijos, aún cuando existe un grupo significativo de padres que han logrado construir lazos de comunión y confianza con sus hijos, las cifras maternales lo duplican.

 

Por otra parte, dentro de la dinámica familiar se reportaron factores que afectan la comunicación y las relaciones al interior de estas familias de barrios subnormales en alguna medida, sobresaliendo: la separación o divorcio de los padres; presencia de maltrato tanto verbal como físico en varias familias; la crisis económica y el abuso de drogas.  

 

Del primer factor se puede concluir que la figura paterna es la que decide con mayor frecuencia distanciarse del nucleó familiar, asumiendo en esos casos la madre el liderazgo de la familia, algunas veces en compañía de parientes cercanos, lo cual muestra disminuirse significativamente la comunicación afectiva y reguladora entre el padre que se separa o se divorcia y sus hijos; en el segundo factor se apreció un porcentaje significativo de familias que usan dentro de la comunicación verbal un lenguaje violento, maltratando con palabras a algunos de sus hijos, lo cual, en la mayoría de los casos se manifestó deterioro en la comunicación afectiva y reguladora, desde la reducción del dialogo y la confianza entre los miembros de la familia y principalmente entre la figura paterna o materna agresora y el hijo agredido;  el tercer factor también mostró ser una categoría que afecta la comunicación y las relaciones poniendo en detrimento los niveles de comunicación afectiva y reguladora, y manifestándose en hijos adolescentes que percibían la comunicación sujeta a cosas meramente materiales, en donde agenda de la intimidad y la cercanía familiar era desplazada por la agenda de la supervivencia;  el cuarto factor, mostró ser incidente en la relación parentales, es decir que los adolescentes encuestados manifestaron tener dificultades o barreras para dialogar cercanamente y en confianza con los padres consumidores.

 

Por último, el manejo del poder y la autoridad en estas familias estudiadas de estos contextos subnormales se encuentra fuertemente determinado por el rol dominante de la figura proveedora de los recursos económicos.

 

LIMITACIONES DEL ESTUDIO

 

Aunque se tuvo acceso a un número importante de familias que habitan en asentamientos humanos de Montería, lo cual permitió culminar satisfactoriamente esta investigación de carácter exploratorio, el hecho de no disponer de una información actualizada y caracterizada de la población total de habitantes de estas zonas subnormales, dificultó realizar un diseño muestral más solido, que permitiera llegar a resultados generalizados.

Por otra parte, la participación de familias con tipologías, historias y características distintas enriqueció el análisis de los datos, pero también develó la necesidad de continuar con otros estudios más rigurosos y específicos, que analicen o correlacionen como el factor de la comunicación y las relaciones familiares es afectada cuando sus integrantes vienen de antecedentes traumáticos producto del desplazamiento forzado por violencia. Pues es claro, que no es lo mismo describir o comparar la comunicación de familias asentadas en estas zonas por razones económicas o por búsqueda de nuevas oportunidades, con aquellas que llegan en condiciones de vulnerabilidad física, psicológica, material y económica a raíz de la exposición a episodios de violencia y desarraigo por el conflicto armado.

El tejido social y de relaciones de las familias desplazadas se encuentra sujetos a cambios bruscos y acelerados tanto en su dinámica interna como en su tipología, lo cual hace impreciso para un estudio descriptivo de naturaleza cuantitativo, entender todas esas múltiples transformaciones y categorías incidentes que modifican sustancialmente las relaciones maritales y parentales. Por ello, se requiere complementarlo con otras investigaciones de corte cualitativo que puedan atender esas particularidades y complejidades entretejidas en las historias de vida de cada una de estas familias.

 

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